EL ARTE DE PERMANECER


Cuando la tormenta no tiene la última palabra

Hay un silencio muy particular que solo se conoce después de haber resistido los golpes más fuertes del mar. Un instante en el que las olas dejan de golpear con violencia contra la barca y la luz dorada del horizonte comienza a filtrarse entre las nubes cargadas. Es ese momento en el que entendemos que resistir no es una cuestión de fuerzas propias, sino de estar bien amarrados.

En el viaje de la vida, la tempestad rara vez avisa. A veces se presenta en forma de pérdidas inesperadas, en esa incertidumbre que oprime el pecho o en el peso silencioso de la ansiedad que amenaza con arrastrarnos hacia arrecifes oscuros. Frente a la inmensidad del océano y la fragilidad de nuestra embarcación, el temor a naufragar es una respuesta humana inevitable. Sin embargo, la verdadera tragedia no es la tormenta en sí, sino intentar cruzarla a la deriva, sin un punto fijo al cual aferrarse.

Existe un refugio que no depende de que el viento se apague de inmediato, sino de saber dónde hemos echado el ancla.

Nuestra fe y nuestra esperanza son como ese pesado hierro que lanzamos al fondo. Cuando esa ancla se engancha firmemente en Dios nuestra Roca eterna, el alma encuentra una calma que trasciende el caos exterior. Aunque las aguas se agiten afuera, por dentro hay descanso, porque sabemos que nuestra vida no está a merced del viento, sino sostenida por la firmeza inamovible de sus promesas.

Te invito a meditar en estas versos, un recordatorio de que la verdadera seguridad consiste en saber quién lleva nuestro timón:

Cuando Sopla Airada la Tempestad

Cuando sopla airada la tempestad

y la barca en grave peligro está,

no se puede andar con seguridad

sin tener el ancla que Dios nos da.

Ancla tenemos que nos dará

apoyo firme en la tempestad;

en la Roca eterna fija está;

solo allí tendremos seguridad.

Arrecifes hay que marcando van

el sendero triste de muerte cruel,

donde vidas mil naufragando están

sin tener un ancla ni timonel.

En las negras ondas de la ansiedad,

cuando soplan vientos de destrucción,

nuestra barca cruza la inmensidad,

del Señor llevando la protección.

Si hoy sientes que las ondas de la ansiedad amenazan con desestabilizar tu barca, recuerda esto: el ancla no se diseñó para la tranquilidad del puerto, sino para la furia de la tempestad. Permite que la luz vuelva a bañar tu horizonte y descansa en la certeza de que tu vida está segura.

¿En qué o en quién has decidido fijar tu ancla en este tiempo? Pongo en oración tu comentario.

                  Hasta la próxima... seguimos permaneciendo más en Cristo.

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